Ministerio El Remanente Inc. - Iglesia Cristiana El Remanente

28 febrero 2016

Cicatrices ©

¿Te has cortado alguna vez?

Supongo que sí.

A mí me ha pasado muchas veces.

En algunos casos la lesión ha cerrado pronto.

En heridas más profundas llega la infección, la inflamación y luego la cicatriz.

Se infecta.

Punza.

Arde.

Duele.

Y demora en sanar.

Casi siempre han sido por accidente, imprudencia o terquedad.

No pocas, provocadas por alguien más, sean con mala o buena intención.

Algo que he aprendido sobre las heridas, es que deben ser limpiadas muy bien antes de suturarlas, o cerrarla por fuera, pero la infección crecerá por dentro hasta hacerse peligrosa e insoportable.

Habrá que abrir de nuevo sobre la piel sanada y limpiar fuertemente hasta eliminar la infección, o repetir la acción indefinidas veces.

La curación duele, pero es necesaria.

Es curioso pero el área aun no sanada, es la que duele más y necesita rasparse con más energía.

Con el alma sucede igual.

Las heridas son producidas por decepciones, traiciones, recelos de quienes han creído palabras necias y falsas contra nosotros, sentimientos no correspondidos, injusticias, esperanzas que se demoran.

Y... bueno, agrégale a la lista algo personal.

A veces creemos haber sanado de ellas, pero sólo han cicatrizado por fuera.

Adentro aumentan la presión.

Como una bomba de tiempo y dolor.

Se acumulan en el corazón, cubriéndolo con cicatrices que dificultan la entrada y salida de sentimientos que provoquen más heridas.

Evitando su entrega.

Endureciéndolo más y más.

Las heridas no sanadas lo incapacitan para confiar fácilmente y amar sin esperar algo a cambio.

Mejor es no amar para evitar ser lastimado.

Es la fórmula que nos enseña el mundo como protección.

Y, como consecuencia, nos herimos más y a los demás, aun sin intención.

Nuestro salvador.

A cambio pide la entrega total de nuestras vidas, en arrepentimiento verbal y sincero.

También desea ser el protector de nuestro corazón y el sanador de nuestras heridas, por profundas que sean.

Nos dolerá, pero si nos dejamos tocar por su mano de amor, sanaremos de adentro hacia fuera, una vez y para siempre, y sin cicatrices.

Un doctor no puede inyectarte para curarte si no le pones tu brazo.

¿Sabes?

El también necesita ser sanado de sus cicatrices.

No de las que permitió por amor a nosotros, pagando por nuestros pecados.

No las hechas con clavos, azotes, corona de espinas y esa lanza en la cruz.

Le sangra el corazón cuando nos negamos a entregarnos a él.

Le duele cada vez que preferimos pecar a darle su lugar.

Sufre si herimos a los demás, si agradamos al hombre antes que a él, y al no compartir su verdad de salvación a aquellos que se pierden cada día.

Las heridas más profundas y dolorosas que Dios puede sentir son las de nuestro desprecio e indiferencia, nuestra perdición y nuestro pecado.

¿Qué herida prefieres?

¿La de tu corazón, que puede ser sanado por Dios, sin cicatrices, o la del suyo, provocada por nosotros mismos?

Amén. 

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