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15 enero 2016

Infidelidad ©

Una persona infiel es aquella que le es desleal a alguien con quien mantiene una relación o tiene un compromiso y es sinónimo de engaño y traición.

La infidelidad es uno de los grandes males que enfrentan los matrimonios modernos y más ahora con la posibilidad que el Internet brinda de conocer y estar en contacto con personas alrededor del mundo.

No se sabe si eres infiel por el hecho de pensar sexualmente en alguien que no es tu pareja.

Para algunos no hay traición si el acto no se consuma físicamente y para otros sólo basta con la intención.

Así inicia un artículo que leí acerca de la “infidelidad virtual”, ya que trata específicamente el caso de los amoríos que surgen por medio de la comunicación en Internet, ya sea mediante la conversación en línea y en tiempo real conocida como Messenger o por la no menos socorrida comunicación a través del correo electrónico.

La realidad es que hoy en día hay muchos hombres y mujeres casados que tienen novios y novias virtuales con quienes mantienen estrecha comunicación a través de este medio y de quienes con el tiempo llegan a enamorarse a tal grado que lo que empezó como un juego o una aventura “inocente” se convierte en una relación real, llegan a conocerse personalmente aun estando en países diferentes, arruinando sus matrimonios actuales e iniciando nuevos concubinatos que terminan en la mayoría de las veces en nuevos fracasos.

¿Qué motiva a practicar la infidelidad?

En buena medida es la falta de satisfacción con la pareja y no necesariamente me refiero al aspecto sexual, que aunque juega un papel importante, no lo es todo.

Leamos que dice la Biblia respecto de la pareja de casados en el capítulo 5 de la epístola a los Efesios.

“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto. Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo. Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo. Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor. No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido”.

¿Es necesario abundar más?

¿No queda perfectamente claro la instrucción de someterse en amor el uno al otro?

¿No es claro que debemos ejercitarnos en amor para con la pareja?

La falta de satisfacción tiene que ver con la desobediencia a la instrucción bíblica de amar a la pareja, ambos consortes descuidan tan preciado elemento en el matrimonio, dejan de cuidarse uno al otro permitiendo que los problemas y las preocupaciones cotidianas ocupen el lugar del amor.

Los hombres se quejan de sus mujeres quienes les exigen “demasiado” y los saturan de los problemas que durante el día tuvieron con los hijos, con los vecinos, etc.…

Los acosan con la “urgente” necesidad de dinero para pagar las deudas y para comprar esto y aquello y además descuidan su aspecto personal su pretexto de no poder arreglarse a sí mismas porque tienen que mantener en orden la casa.

Las mujeres se quejan de sus esposos, que han dejado de ser cariñosos, ya no hay un detalle, una flor, las frases… te quiero, te amo, son parte de la historia, dedican demasiado tiempo a su trabajo y cuando están en casa su única pasión es la televisión, son incomprensivos, jamás ayudan en las labores del hogar y solo se vuelven cariñosos cuando quieren ser “una sola carne”.

El terreno sexual, se convierte en una mera rutina donde más de las veces se trata de satisfacer la necesidad fisiológica de él, muchas mujeres nunca han alcanzado el clímax, saben que existe pero jamás lo han experimentado y sus esposos no les preocupan en lo más mínimo.

Ellos quieren que ella sea complaciente sin ocuparse en lo que para ellas es importante a nivel emocional.

Bajo este ambiente, es fácil ser infiel, los amantes (hombres o mujeres) no exigen nada, solo ofrecen sexo, compañía y falsa comprensión, no comparten los problemas del día, ni los sueños, ni los planes, solo sexo.

La felicidad en el matrimonio es absolutamente posible, si atendemos a la recomendación de Dios, en el sentido de amarnos, el amor basa su felicidad en la felicidad del cónyuge, el amor no busca lo suyo sino lo del otro, amarse mutuamente involucra entre otras cosas la comprensión mutua, las muestras de afecto constantes, el hombre debe conocer y comprender la naturaleza romántica de su mujer y la mujer debe por su parte conocer y comprender la naturaleza objetiva de su hombre, ambos deben ceder, deben hablar y cuidarse a sí mismos.

El amor es un ejercicio de voluntad donde ambos deciden amarse.

El hombre y la mujer, cuya relación con Dios es firme y correcta, conocen su responsabilidad de amar a su cónyuge y no tiene necesidad de otra pareja.

Cualquiera pues que mantenga relaciones reales o virtuales con una tercera persona, debe reflexionar acerca de su comunión con Dios, entregar esa falta a Dios arrepintiéndose de corazón y fortalecer su vida espiritual y ocuparse en fortalecer su relación de pareja, hablar sinceramente con su cónyuge sobre lo que les agrada y les disgusta del otro y ambos poner de su parte para corregir el rumbo en amor.

El matrimonio es una institución creada por Dios para nuestro regocijo, el sexo es un don hermoso de Dios que debe disfrutarse plenamente en el matrimonio y la permanencia en unidad, debe ser para siempre.

Lee nuevamente el capítulo 5 de Efesios, hazlo con calma, medita verso a verso y evalúa tu vida delante de Dios.

Cristo te ama y quiere que seas feliz con la mujer o el varón que te ha dado en matrimonio.

Ser infiel… es fallarle no solo a tu pareja, sino a Dios.


“… Dios no puede ser burlado… ”. Gálatas 6:7 RV60

Pues…

“¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”. Hebreos 10:31 RV60

Amén. 

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