Ministerio El Remanente Inc. - Iglesia Cristiana El Remanente

20 enero 2016

El calabozo del egoísmo ©

Había vivido toda la vida, en busca de la satisfacción personal y sin embargo era una mujer insatisfecha.

Ningún hombre pudo llenar o colmar sus ansias personales.

Vivió en decepción tras decepción y fue de un hombre a otro hombre, sumergida en el fango de la desilusión, hasta que Jesús la esperó, sentado al borde del pozo de Jacob y cambió su alma.

Su vida era un cántaro vacío, se hallaba sin amor y sin paz en su corazón, y había transitando todo el tiempo por el sendero de la gente egoísta, su historia era triste y saturada de frustraciones y derrotas y aun hasta el día de hoy, es una ilustración viva y real de una persona egoísta.

Ella es la mujer samaritana.

Y es que el egoísta oye solo su propia voz, persigue solo lo que le gusta y conviene, habla solo de sí mismo, solo escucha los lamentos de su propio dolor, únicamente capta la gloria de su propia victoria personal, sus títulos, sus logros…

Vive encerrado en un calabozo de egoísmo y satisfacción propia y sin darse cuenta, el egoísta es arrastrado a una vida de auto aislamiento y encierro muy lamentable.

Al vivir en una búsqueda incesante de satisfacción personal, el egoísta es sorprendido por la angustia y la decepción, pues no consigue disfrutar en ningún instante con casi nada.

En el corazón prisionero del egoísta, se esconden secretos anhelos y obscuros deseos que producen en él una amargura constante, porque siempre quiere encabezar las primeras listas, ocupar las portadas de aquello que brinda publicidad y reconocimiento al hombre, estar en el podio para recibir los honores y los aplausos efímeros de la gente, y sin embargo la mayoría de las veces no lo consigue, es ignorado y aborrecido.

Cosecha el desprecio en lugar del reconocimiento y el afecto de su prójimo.

Es increíble la forma en que el egoísta anhela todo para sí, si se sienta a la mesa buscará el mejor plato y se servirá sin pensar en los demás, si va a viajar buscará la mayor comodidad, si esta frente al televisor, se apropiará del mando y todos tendrán que ver su programa, o irse de la sala.

El no sabe jugar o trabajar en equipo, ser útil y bendecir a los demás.

Si está en el aula de clases quiere ser el profesor, pero si está en un entierro, nunca quiere ser el muerto, sino el heredero.

Un egoísta nunca cede su sitio, ni sujeta la puerta para que otro pase.

Vive muerto de envidia y de rabia contra aquel que aparece en primer lugar, o que parece ser mejor que él, y es posible que lo declare su enemigo y le haga la guerra repentinamente, como lo hizo Saúl con David, en tiempos pasados, cuando escuchó las canciones, que los cantores entonan solo para los héroes de Dios.

Cada uno de nosotros debemos examinarnos en relación a este pecado del alma, que afea nuestro espíritu y maltrata a los demás.

Jesús, el Hijo de Dios, dijo que mejor es dar que recibir y leí alguna vez que el Mar Muerto, es muerto porque solo tiene entrada pero no salida.

Solo recibe pero no da nada de sí.

¿Sabes consolar a los afligidos o afliges a los consolados?

¿Sabes alegrarte con el que está alegre o rabias de ver la felicidad en el rostro de los demás?

¿Eres un padre posesivo con tus hijos al punto que te has adueñado de sus voluntades?

¿O eres acaso un hijo de esos dominantes y manipuladores con tus padres que usa la debilidad de ellos, como una oportunidad para lograr tus caprichos?

Y en tu matrimonio…

¿Vivís como una pareja de vidas solitarias, cada uno en una isla de insatisfacción y orgullo, o eres el uno para el otro atados con cordón de tres dobleces en una vida de amorosa entrega, continua?

Vencer el pecado de egoísmo nos ayuda a salir del calabozo de aflicción y tristeza y nos limpia el camino para transitar libres y felices cada día.

Amén. 

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